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EL BAUTIZO DE JESÚS

No tenía por qué lavarse, porque no estaba manchado; no tenía por qué ponerse delante de nadie, porque Él era el primero de todos. No tenía por qué pasar como uno de tantos, porque Él era el Hijo de Dios, el Predilecto. No obstante, se sometió, pasó como uno de tantos, se humilló, quiso que el trato no tuviera ninguna diferencia con los demás.

Esa actitud de Jesús nos debe cuestionar a todos nosotros. Tenemos que darnos cuenta de que ante los ojos de Dios todos somos Sus hijos; de que el aprecio y la estima de Dios por cada uno de nosotros son para cada uno.

Todos nosotros somos bautizados en Cristo. El ser bautiza dos en Cristo implica y compromete a uno a ser otro Cristo. Ser otro Cristo es asumir en nuestra vida, no la personalidad de Jesús, lo cual es imposible, pero sí las motivaciones, las actitudes y las acciones de Jesús.

Somos bautizados, y tenemos que hacernos conscientes de que lo somos. En el bautizo, recibimos el Espíritu Santo y Él está con nosotros. Hacernos conscientes es dejarnos llevar por el Espíritu Santo. Quien se deja llevar por el Espíritu Santo no puede alojar en sí el mal que producen las actitudes y motivaciones contrarias a Jesús. El Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo.

Somos ungidos con el óleo de la salvación: la salvación del mal, de todo aquello que pueda dañar la creación de Dios en nosotros. Ungidos somos como sacerdotes, profetas y reyes.

Ser sacerdotes es ser ante todo servidores, ser puente entre Dios y los hombres, entre los hombres y Dios; cuidar de las cosas de Dios y amar, por encima de todo, a todos.

Ser profetas es vivir la palabra de Dios y, desde esa vivencia, desde esa vida, proclamar, alabar y denunciar desde la misma palabra.

Ser reyes es ser siervos de los siervos de Dios; es ser servidores de todos, ser acicates de alegría, de paz, de justicia en y para los otros.

Sacerdotes, profetas y reyes, ungidos para no ser sordos ni mudos; para no ser sordos ante la voluntad de Dios, ni mudos ante el anuncio de que sólo en Jesús está la salvación.

En la medida en que vivamos como lo que somos —ungidos, bautizados en Cristo—, seremos otros Cristos; y, en esa medida, Cristo será en nosotros. Dejemos que el Espíritu Santo inunde nuestro ser; dejemos que el Espíritu de Jesús sea en nosotros y nosotros seamos de Él sólo, y sólo de Él.

Ya no tendremos que preocuparnos, pues Él reinará en nuestros corazones y nuestras actitudes serán las suyas.

Las diferencias entre humanos no tienen sentido desde la visión de Dios. ¿Quién hace la diferencia? Nuestra propia miopía.

No hay por qué seguir viviendo arrastrados por el egoísmo, la envidia, el orgullo y la prepotencia. No tiene sentido, porque de lo único que pudiéramos enorgullecernos es don de todos, es del Amor de Dios. Todo lo demás nos ha sido dado, y nada es nuestro.

En el término de la vida física quedan colgadas todas las ataduras, los escalones de la vanagloria humana; y el paso y la entrada a la Vida depende de si hemos dejado que el Espíritu Santo sea en nuestra vida.

Dejémonos ungir por el Espíritu y sigamos las huellas de Jesús. Vivamos sin diferencias y con deferencia hacia todos y hacia Dios.


Escrito Por: jorgeluis
Fecha Publicación: 09/01/2009
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