Al final de un siglo siempre brotan falsos profetas que predicen el fin del mundo, desastres, muertes masivas, y anuncian la hecatombe. El evangelio es una constancia de ello y de cuan relativo son las cosas de este mundo, y cuan importante es perseverar en la confianza y esperanza de Dios.
El templo para ellos y para nosotros es cualquier cosa que hayamos absolutizado en nuestras vidas. Al ser humano le encantan las cábalas, lo esotérico, lo sensacional, lo fenomenal, como si eso fuera lo grandioso, lo divino.
Dios no se descubre ni se encuentra sino en la paz, la serenidad, que provoca el equilibrio, la equidad, la justicia, el orden. La actitud cristiana está en no apoyarse en nada temporal, sino en Dios; mantenerse en una actitud crítica ante todo aquello que serán seudo-valores.
Jesús trasciende de lo material, de los físicos, habla del templo que somos cada uno de nosotros, del Espíritu Santo. Este es el que tenemos que cuidar, y éste se “cuida”, cuando en nuestras vidas nos abrimos real y verdaderamente a la acción del Espíritu Santo en nosotros.
Esto implica luchar con todas las fuerzas de la batalla espiritual, no ceder en el camino, vivir constantemente dejándonos interpretar por la palabra de Dios. Implica pedir los dones del Espíritu Santo no para “creernos” dueños, sino para que nuestro templo, es decir, nuestra vida, sea un instrumento de alabanza y acción de gracia a Dios, y que nuestra acciones estén transformadas por la acción de su gracia, para su gloria y el bien de todos.
El Reino no es un lugar, es la experiencia de la gloria de Dios vivir hoy en un proceso de conversión constante, continuo, tanto personal como comunitario y eclesial, es permitir que es el señor sea Rey.
La vida del que cree y vive en el señor, la vida del que vive abierto al Espíritu Santo, la vida del que combate todo lo que aparte del camino, la verdad y la vida, es el testimonio existencial de que Jesús reina, que Su Reino ya es realidad.
Todo lo material es pasajero y efímero. Todo lo que no está enraizado en el bien, la justicia, la verdad, la paz, el amor, no se Dios.
Solo quien se abre a Dios, solo quien acepta a Jesús, solo quien radicalmente quiere vivir en el Espíritu Santo, experimentará en el mismo la alegría, la paz y el amor verdadero que no se acaban, que no terminan, sino que crecen y se hacen más profundos, de tal manera que es Dios quien vive en uno, y uno que vive para, por y desde Dios.