La conversión no es un cambio superficial ni de un momento; la conversión es un cambio en espiral que va penetrando todas las capas, las dimensiones, del ser humano.Hay un primer estado de conversión que es la opción fundamental entre el bien y el mal. Esta conversión radical implica mucho: dejar actitudes, hábitos, visiones, actuaciones de pensamiento, palabra y obra, y comenzar a tomar conciencia del camino del Evangelio.Hay muchos cristianos que aún no se han convertido, pues sus vidas no proclaman la presencia del Espíritu, ni es evangélica: no son testigos de Jesús.La etapa siguiente es la opción entre el bien y el mayor bien, cuando tomamos conciencia y paulatinamente vamos desempolvando y barriendo de nosotros todo aquello que impide el proceso de Cristificación, el ser otros Cristos para sí, para otros, para Dios.Este proceso es de vida, de mantenerse en vigilancia, en discernimiento, siempre en vela para vivir en Su Gracia.Conviértanse y crean en el Evangelio. No hay una verdadera conversión si no es al Evangelio; y convertirse al Evangelio es convertirse a Jesús y, por ende, a su Iglesia.La conversión sin reconciliación sacramental no es una conversión generativa de gracia, ni es comunitaria. La conversión no es una experiencia personal, si no es una conversión comunitaria. Yo, marginado del amor y la Gracia de Dios, me convierto, reconciliándome con la comunidad para así ser amigo de Jesús y compartir en comunión Su Cuerpo y Su Sangre.Creer en el Evangelio no es creer para mí; creer en el Evangelio es creer en la Iglesia, en la Iglesia de Jesús.Convertirse es ser amigo, discípulo y apóstol de Jesús, siempre, aquí y ahora, en Su Iglesia para proclamar Su gloria por siempre.