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LA FE SIN OBRAS NO ES FE

Hoy contemplamos las ruinas de las grandes civilizaciones. Edificaciones mastodónticas, edificios de una precisión, que el arquitecto moderno y el científico de hoy quedan maravillados de cómo se hicieron esas obras arquitectónicas. Más aun, cuando uno contempla las grandes estatuas de bronce, de mármol, las pinturas ecuestres, todo esto nos deja perplejos. Aquella civilización creyó en sí misma, y plasmó en edificios, anfiteatros, estatuas y pinturas, la fe y confianza que tenían.

En estos veinte siglos de cristiandad, las obras de los cristianos no son ni sus basílicas majestuosas, ni sus iglesias esplendorosas, ni sus conventos magníficos colgados de las laderas de las montañas, ni todo el arte que el creyente ha producido y sigue produciendo. Esto todo es expresión de religiosidad. Las obras del cristianismo han estado, están y estarán, en la vivencia radical del mandamiento del amor. Muchas de ellas están manchadas por la sangre del martirio, desde los tiempos de la persecución de los romanos hasta los mártires últimos de Ruanda. Siempre que en el mundo han surgido necesidades, urgencias; ha brotado la entrega, el servicio, las obras de hombres y mujeres que han dado, que han gastado sus vidas por la proclamación del evangelio. Los primeros hospitales, las escuelas, las universidades, los orfelinatos, ancianatos, servicio a los leprosos y otras obras del cristianismo son ejemplos palpables de la entrega total al servicio de los más necesitados, los más míseros, los más marginados. Allá donde haya quien sufra, está Cristo, dándose, curando, sirviendo, entregándose hasta morir, si así fuese necesario. Legiones de hombres y mujeres santos, cuyo martirio ha estado sellado por la entrega incondicional a Cristo en los hermanos; hombres y mujeres que han ido hasta los rincones más recónditos del mundo a proclamar no sólo de palabra sino con obras que Jesús es el Señor; hombres y mujeres que en su medio ambiente, en sus familias han sido luz del mundo y sal de la tierra. Las obras son el resultado de una vida enraizada en la Palabra de Dios, alimentada en la Eucaristía, preñada de entrega y de servicio incondicional, callado, santo. No hay mejor imán que la vida del que se da, se entrega, se reparte. Un escritor llamado Josephus en tiempos del imperio romano describía a los cristianos como aquellos que siempre estaban alegres, compartían lo que tenían, y ayudaban a las viudas y a los pobres de la comunidad. Maximiliano Kolbe se ofreció por otro para morir en el campamento Nazi. La Madre Teresa de Calcuta y todas sus hermanas atendieron y atienden con amor a los desahuciados, a los moribundos. Muchos de los soldados cubanos en Angola, cuando en medio de lo más lejano y atrasado encontraron una misión, una escuela, un hospital, descubrieron que no se les habían dicho la verdad del catolicismo, y, luego de regresar, se convirtieron. Sí, el ejemplo de vida es obra; y las obras son el resultado de una fe verdadera, fe probada en la fragua del mandamiento del amor. La pregunta a cada uno de nosotros es: ¿Tienes obras? ¿Cuál es tu fe?

Escrito Por: jorgeluis
Fecha Publicación: 11/09/2009
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