P. José Antonio Esquivel, S.J.
Cierto que para unos novios palestinos de entonces, quedarse sin vino antes de que se acabase el festejo de las bodas era algo triste y vergonzoso. Juan describe con lujo de detalles lo que sucedió y cómo sucedió. En Juan hay un pozo de significación; María, la madre de Jesús, es la que lo induce, la que lo provoca, la que lo precisa. Jesús se resiste, pero luego acepta.
¿Qué mejor ámbito para comenzar su acción mesiánica que una boda? Las bodas en los pueblos siempre han sido un momento de alegría, acompañado de buen beber y de comer en demasía. Jesús, el Cordero, invita al gran festín, al banquete donde Él mismo se ofrece como manjar más preciado.
Anunciar el reino en el marco de unas bodas es ante todo recordar alianza, donación: desposarse con Dios, como Dios lo hace con nosotros.
Anunciar el reino de Dios en la conversión del agua en vino es también muy significativo: eran las aguas de las purificaciones de los judíos, y el vino es el signo de Jesús. Fue el mejor vino, que supera lo viejo, lo antiguo, la antigua alianza representada en el agua de la purificación. Anunciar el reino de Dios en abundancia, pues no fueron ni una ni dos tinajas de cien litros cada una, sino 600 litros del mejor de los vinos, signo de abundancia, de bienestar, de alegría; un reino de paz y justicia, de amor y de alegría.
Caná es un pequeño pueblo. Aún hoy queda bajando Nazaret, camino del Lago Tiberíades, pueblo de montaña, pueblo pobre. Jesús realiza en Caná el primer milagro. Se asemeja al nacer en Belén. La grandeza está en la humildad del hecho y en la fe que provoca; no el que se haya convertido el agua en vino ya de por sí un hecho extraordinario, sino por la sensibilidad de María, que hace a Jesús anticiparse y anunciar el Reino. María siempre, hasta entonces, piedra clave en la vida de Jesús, seguirá siendo un discípulo más, y los discípulos serán sus hijos. De madre a seguidora, caminante, entregada a vivir plenamente su «Aquí estoy, Señor, para hacer Tu voluntad».
Jesús desea, quiere desposarse con cada uno de nosotros. Las bodas deben prepararse con cuidado y esmero, pidiendo al Padre que nos llene las tinajas de nuestra vida con el vino de la compasión y comprensión, del perdón y de la entrega, de la incondicionalidad, de la constancia y perseverancia, de la fe, esperanza y caridad.
Caná hoy es la Iglesia, la vida eclesial de cada parroquia, de cada comunidad dentro de la comunidad parroquial, las familias que la conforman, y es cada uno de nosotros que acepta ser transformado, convertido, de agua en vino que festeja al anunciar el Reino de Dios.